A  partir del auspicio y la compañía realizados a la Escuela Especial El Puente, hicimos propios algunos interrogantes que la trayectoria de dicha institución fue construyendo.

En nuestra experiencia de trabajo en estos años, en nuestra escuela especial, que recibe niños y jóvenes con diversas problemáticas emocionales y psicológicas de variada gravedad, ha sucedido reiteradas veces, que algunos niños o jóvenes han pasado por crisis familiares o de entorno.

Llamamos crisis familiares o de entorno, a situaciones en donde, por diversas razones, alguien siente que no puede o no sabe como vivir con el otro. O sea,  por  un episodio agudo, derivado en general de algún cambio imperceptible para el resto, ese  lugar de vida se vuelve insostenible, o sea, no alcanza con la alternancia diaria por unas horas en la escuela con posterior retorno a su casa.En dichas ocasiones, para el grupo circundante,  se presenta la necesidad imperiosa de interrumpir momentáneamente ese vínculo. Ante esa realidad, las alternativas que existen en el medio se agotan en: “institucionalizar,  internar” a ese niño o joven. Lógicamente esto implica la apertura de un camino que en general no tiene retorno: se redobla la rotulación del niño (es un  “discapacitado” a tiempo completo), se interrumpen los lazos familiares y se confirma, en la interrupción del vínculo, que es el niño o el joven el “causante del la crisis”,  con lo que la posibilidad de encontrar alternativas de vida que no impliquen la “exclusión” de alguien (su internación o judicialización), pierde casi todas sus chances.


Ante esta realidad, las veces que pudimos evitarla, fue porque transitoriamente, algún técnico, con la asistencia del equipo de trabajo, ha recibido a ese niño o joven en su casa, por periodos cortos, en donde se pudo trabajar aquello que recién llamábamos crisis. Estas alternativas, nos indicaron dos lecturas:

La posibilidad de poner distancia del niño y joven respecto de su familia durante unos periodos breves, con intervalos de retorno a su hogar, permitió, generalmente, reacomodar aquello que generó la “crisis” familiar. A su vez, que dicha experiencia no sea una experiencia de “psiquiatrización”, no interrumpió la secuencia general de la vida cotidiana de esos niños o jóvenes, y dieron un fondo mejor para la continuidad del trabajo. Eso  no necesariamente implica que haya una manera de “garantizar”, la no aparición de otros episodios que incluso, en un futuro, pudieran devenir en la exclusión social de alguien, y su correspondiente internación. Pero evidentemente configuran la posibilidad de seguir intentando que esos niños y jóvenes, junto a sus familias, encuentren una manera y un lugar para vivir con los otros, sin producir situaciones de exclusión total.

Tomando en cuenta que la posibilidad de armar estos “lugares temporales”, siempre estuvo sujeta a la excepcionalidad que algún técnico pueda fabricar dicho espacio en el propio espacio familiar, nos hizo caer en la cuenta que se trata de parches que no permiten pensar en un sostenimiento a futuro, además de que las condiciones de trabajo bajo esas circunstancia no son evidentemente las ideales.

Habida cuenta de lo que exponemos, es que fabricamos un “espacio de vida transitorio” que pueda sostenerse en el tiempo, sin depender exclusivamente de la disposición excepcional de los técnicos propios. A la vez pensamos que dicho lugar tiene que tener las características propias de una “casa”, por que es en ese ámbito donde mejor pueden desarrollarse las capacidades de crecimiento de cualquier ser humano, mucho más tratándose de niños y jóvenes en dificultades. Tal como se describe la definición de “Pequeño Hogar” en el “Marco Básico de Organización y Funcionamiento de Prestaciones y Establecimientos de Atención a Personas con Discapacidad”

En esta “casa” algunos niños y jóvenes, en un máximo cuatro, podrán, cuando sea conveniente o necesario,  vivir por periodos cortos de tiempo, alternando su estadía con periodos también cortos.

Dicho dispositivo, llamado “La 190”, ha comenzado a funcionar desde julio del año 2007, recibiendo en ese momento a una niña y una joven de la Escuela Especial El Puente, a donde siguen asistiendo en tanto Centro Educativo Terapéutico.

Es necesario remarcar que la existencia de “Pequeños Hogares” (Córdoba cuenta solamente con el que mencionamos acá)  sea quizá una imperiosa necesidad en cualquier Política de Salud.

O sea, introduciendo la idea de que no necesariamente un sujeto debe salir de un “encierro subjetivo” que un acontecimiento le provoca, a partir de una crisis, sino que puede apelar a otro espacio alternativo, de ida y vuelta, justamente como manera de evitar el encierro o la crisis, sino como otra manera de hacer con esos acontecimientos.

Si “La 190” no es ajena al funcionamiento de un C.E.T. (en este caso el de la Escuela El Puente), es por que halla su fundamentación en el hecho de que un trabajo terapéutico evidentemente implica, cuando se logra, la fabricación de nuevas escenas que permitan otras estrategias de vida, y eso no es sin movimientos en las “constelaciones” familiares. Pues esos movimientos que el trabajo en ocasiones introduce, en sistemas a veces rígidos por años, pueden requerir que esos momentos “críticos” se soporten con otros lugares, además de la propia casa y el C.E.T.. Otro lugar, no justamente como un dispositivo “a medio camino”, sino como un lugar “otro” con el que contar, un lugar que no implique necesariamente la abolición del sujeto ni de sus lazos familiares.

A la vez, e interrogados por la experiencia, es que sostenemos, que la existencia de ese otro lugar, abre la posibilidad de contar con ese espacio, corrido ya de la crisis o al menos no determinado por la misma, sino contando con él, como estrategia de trabajo, como lugar con el que contar, niños, técnicos y familias, sin tener que “fabricar” la crisis para ello.